DESCUBRIR EL PROPÓSITO DE TU VIDA

Uno de mis mayores emprendimientos ha sido vivir mi vida a concho anclada a algo que le dé propósito y sentido. En esa búsqueda he iterado bastante y, si bien se dice que “quien es aprendiz de mucho es maestro de nada”, es mi espíritu de aprendiz lo que me ha regalado la posibilidad de ser maestra de mi propia vida y lo que me ha traído, en gran medida, hasta este lugar que hoy habito, “un lugar” que no es una región u otro espacio físico, sino un espacio interior en el que se nutren mis anhelos más profundos y en el que se anclan mis acciones.

De niña tuve sueños de todo tipo respecto a mi futuro, pasando de querer ser asalta bancos a monja misionera,  o cosas más concretas y tradicionales como veterinaria o ingeniera forestal. Si bien de adulta seguí un camino distinto al que describo, hoy, mirando en retrospectiva cada sueño, encuentro en cada uno algo que me movía a ser quien soy hoy (o estoy siendo), encontrando en estos mis valores, mis motivadores y mis fortalezas, a la vez que me siento orgullosa de ya sentirme a mis anchas y transitando por fin por mi propio camino.

Sin embargo, no siempre fue así. Por mucho tiempo, como mencionaba al principio, estuve en una búsqueda que en ocasiones -recuerdo- fue casi desesperada. Y es que mi alma necesitaba sentir con convicción que estaba en el camino correcto y contar, al menos, con esa certeza.

Desde niña escuché a mi padre hablar acerca de la importancia de entender cuánto valía cada persona simplemente permaneciendo parada en una esquina. Se refería a saber el propio valor interior, lo que era una invitación permanente a conocer mi propio valor estando detenida allí sin más, sin títulos que hablaran de quien soy, sin ropas de etiqueta que hablaran de mí, sino simplemente estando de pie y apareciendo desde mi mera presencia. Por largo tiempo no tuve ninguna respuesta a esa pregunta, como tampoco tenía la sensación de que mi vida marcara alguna diferencia significativa para el mundo. Hoy, en cambio, en plena conexión con mi propósito, pienso y siento distinto. Vibro distinto. Mi sensación es que tengo tanto para aportar y que me he conectado de nuevo con esas ganas que tenía de niña de cambiar el mundo; y aunque sé que no es posible hacerlo sola -tal como el colibrí de la fábula- desde un tiempo en adelante me he comprometido, al menos, a hacer mi parte.

Muchas veces pensamos que al renunciar a un sueño renunciamos, a la vez, a todo lo que este implica; sin embargo, en mi experiencia me he dado cuenta de que los sueños, tal como la energía, no se destruyen o crean, sino solo se transforman. Es así que hoy soy capaz de rescatar de cada motivación su anhelo más profundo. En ese sentido, por ejemplo, de querer ser una asalta bancos, desprendo que siempre hubo un ímpetu en mí que me llevaba a aventurarme por espacios no tan ortodoxos; en contraste, del querer ser monja misionera observo mi intención de servicio y, más que mi apego al mundo religioso, veo la importancia que siempre le he otorgado a lo espiritual; de ser veterinaria o ingeniera forestal, interpreto mi conexión y amor por la naturaleza. Así, de tantos otros sueños que tenía de niña, que si bien no llevé a cabo en su totalidad, puedo desprender qué había, trayendo a mi presente un poquito de la psicóloga, de la abogada y de la mujer que soñaba con tener un colegio, porque todo aquello aún perdura y es parte de mi propósito de vida hoy.

Hace unos días me encontré con un Ikigai que había hecho hace un par de años mientras realizaba un diplomado en felicidad. Me sorprendí gratamente de cómo he encarnado, casi sin querer, lo que había encontrado en esta herramienta y recordé, también, lo poderoso que fue para mí cuando la conocí.

Mientras escribo este relato, algo en mí se conmueve profundamente. Lo interpreto como que algo viene a ratificar  que ¡por fin estoy en mi camino y hallé el sentido de mi vida!

Como contexto, ikigai[1], es un concepto japonés que quiere decir algo así como “por lo que me levanto cada mañana” y, de acuerdo a la cultura nipona, cada persona tiene el suyo. Entonces, el gran desafío está en descubrirlo, para lo cual se requiere de una búsqueda interior.

Hacer mi ikigai me ayudó a reflexionar también acerca de lo perdida que me sentía cuando, recién egresada del colegio, tuve que tomar grandes decisiones. En ese entonces, creo que una de mis mayores tristezas radicaba en que interpretaba que elegir era siempre sinónimo de renunciar y atribuía que sí o sí estaba ante un momento crucial de mi vida en el que las decisiones que tomara marcarían un punto de inflexión que implicaba, además, una espacie de poda, en la que todos los caminos que no escogiera en ese momento quedarían inevitablemente atrás. Mi pensamiento en ese entonces era de “es esto o lo otro” y, si bien tuve la posibilidad de acompañarme del amor de mis padres y sentirme respaldada en mis decisiones, además de poder acceder a un buen preuniversitario y darme tiempo para decidir, también sentía el peso de la decisión sobre mis hombros.

Hoy les comparto este relato y les hablo de mí como una puerta de entrada para hablarles de alguien más. Y es que reflexionando acerca de esta experiencia de vida, una vez más se me apareció la importancia de acompañarnos de otros cuando recorremos los distintos caminos de la vida. Por ello, recordé el precioso trabajo que hace José Luis Cuevas, un coach a quien admiro profundamente por el gran compromiso que ha tenido en su propio desarrollo como coach, la fuerza y pasión que he visto que él ha puesto en su búsqueda interior y, sobre todo, lo poderoso que ha sido para mí ser testigo de su propia transformación.

José Luis es lo que en el mundo del coaching se conoce como “Coach Vocacional” y el propósito de su trabajo es acompañar a otros a reconocer cuál es su llamado vocacional, validarlo y aceptarlo, identificando para ello qué necesitan aprender para llegar al lugar donde sueñan, cuáles son sus pasiones, con qué recursos cuentan para emprender su viaje y qué factores, tanto internos como externos, necesitan reconocer para encontrar lo que en palabras de Sir Ken Robinson[2], educador, escritor y conferencista británico, se conoce como “el elemento” de cada uno, algo así como su propio ikigai. Luego, con la claridad que nos entrega el saber quiénes somos, José Luis acompaña a su coachee a elaborar un plan de acción detallado, que le permita avanzar en la dirección elegida en un camino que esté alineado con sus fortalezas y pasiones, además de permitirle caminarlo a su propio ritmo.

Lo que me mueve a hablarles de este coach es que, si bien estoy feliz de mi camino tal como lo he hecho y, en palabras de Steve Jobs, hoy puedo conectar cada punto, sé también que mi búsqueda ha significado un esfuerzo importante para mí y también para mis seres queridos, ya que he tenido que invertir muchos recursos para lograr estar donde estoy hoy. Al respecto, quiero aclarar que cuando hablo de recursos no me refiero sólo al dinero, sino también al tiempo y a la energía que he puesto, además de los costos que esto ha implicado, porque más de una vez me he embarcado en proyectos que, en ocasiones, por falta de claridad, me han desviado de mi camino, además de sostener por mucho tiempo una sensación de soledad, de estar perdida y de no hallar un sentido claro para mi vida.

Conocer nuestras fortalezas y espacios de aprendizaje es clave para abordar nuestro camino de vida. Es así que, en palabras del maestro Humberto Maturana: “Para levantar una carga muy pesada, es preciso conocer su centro. Así, para que los hombres puedan embellecer sus almas, es necesario que conozcan su naturaleza”[3].

De este modo, si te estás preguntando si el trabajo en que estás tiene realmente sentido para ti o si el lugar donde te estás desempeñando no es el que quisieras, o bien, quieres reinventarte y tienes o no claridad en qué, te invito a contactarte con José Luis, él sin duda te acompañará a lograrlo.

JOSÉ-LUIS CUEVAS T.

Coach Ontológico

Liderazgo de Equipos de Alto desempeño

+569 65957250 · jlzcuevast@gmail.com

Santiago · Chile

 

 

 

 

 

Soy Anlleni Núñez y acompañarte a lograr tu máximo potencial, es uno de mis mayores propósitos.

 

 

 

[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Ikigai

[2] https://es.wikipedia.org/wiki/Ken_Robinson

[3] Matura, H. & Varela, F. (1994). El árbol del conocimiento. Santiago: Editorial Universitaria.

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