CÓMO PEQUEÑOS CAMBIOS EN TU LENGUAJE TE PERMITEN MEJORAR TU REALIDAD

Cuando te refieres a la vida, ¿dices que luchas o que la vives? Cuando hablas de situaciones, ¿te refieres a que las enfrentas o que las abordas? En relación a tus quehaceres, ¿dices que tienes o que quieres hacerlos? Cuando das tus puntos de vista, ¿te propones convencer o seducir a tus interlocutores? Por último, en tu vida, ¿se te presentan desafíos u oportunidades?

Pueden parecen cambios pequeños e incluso muchos de estos imperceptibles, sin embargo, las palabras que usas marcan una diferencia significativa en cómo te relacionas con tu entorno y con tu propia vida. En mi experiencia como coach, usar una u otra expresión marca una importante diferencia en la vida de quienes hacen estos (aparentemente) sutiles cambios.

¿Alguna vez has escuchado que el lenguaje genera realidad o que existe un cierto poder en declarar tal o cual cosa? ¿Cuánto sentido te hace aquello? A mí me costó mucho llegar a comprenderlo, no obstante, cuando logré hacerlo mi mundo cambió considerablemente.

Desde niña, mi padre me decía: “no te preocupes por lo que entra por tu boca, sino por lo que sale de ella” y, si bien siempre me enseñó a cuidar ambas acciones, hacía un énfasis especial en la importancia de nuestro lenguaje, enseñanza cuyo poder vine a entender recién hace un par de años atrás.

Por un lado, Bernard Roth, profesor de la Universidad de Stanford y autor del libro “The Achievemente Habit” (“El Hábito de los Logros”), plantea que nuestra forma de hablar impacta en nuestro comportamiento y que al hacer pequeñas modificaciones en cómo nos expresamos podríamos aumentar nuestro desempeño y contribuir a superar obstáculos. Su planteamiento está basado en la neurociencia y se fundamenta en cómo nosotros mismos percibimos aquello que decimos y nos vamos “programando” en función de ello.

Por otro lado, Rafael Echeverría, en su libro “Ontología del Lenguaje”, se refiere no solo a la capacidad descriptiva del lenguaje, sino también a la de generar un mundo nuevo a partir del poder que tienen las declaraciones para abrir o cerrarnos ciertas posibilidades. Hoy, en mi ejercicio como coach ontológico integral, soy una convencida de que, tal como señala este autor, “el lenguaje genera realidad”[1], y que no es inocente usar una u otra forma de expresarnos, ya que nuestro lenguaje da cuenta del mundo en que vivimos, pero no sólo eso, sino que también aporta en su creación.

¿Se te cayó o lo botaste? ¿Te pasó o hiciste que sucediera? ¿Ellos te hicieron eso o tú lo permitiste? ¿No podías decir que no o no supiste como hacerlo? ¿No pudiste ir al cumpleaños o quisiste, mejor, quedarte a descansar? Al respecto, ¿qué escuchas de una u otra manera de expresarnos? ¿Qué influencia tuviste en que aquello pasara?

Como ves, con ciertas declaraciones tenemos poder y con otras no; en algunas ponemos la atención dentro de nosotros mismos y en otras la fijamos afuera (donde tenemos menos poder); con ciertas expresiones nos posicionamos como víctimas de la vida y las circunstancias, mientras que en otras lo hacemos desde el protagonismo. Es así, también, que en algunas formas de referirnos nos disponemos a interactuar con el mundo como si fuera un lugar hostil, lleno de pérdidas y peligros, mientras que con otras nos aproximamos e interactuamos con este desde una mirada apreciativa en la que vemos (y está) lleno de posibilidades. Es a propósito de esto que quiero compartir cómo este aprendizaje ha marcado mi propia vida.

Siempre que escribo me pasa que no sé exactamente qué recuerdos e historias se me aparecerán en el camino. En este caso, mientras escribía con el firme propósito de acompañar a otros a entender el poder que tiene nuestro propio lenguaje para crear un mundo u otro, se me vino el recuerdo  de una frase que usé por mucho tiempo desde mi dificultad para ver el impacto de mi propio mundo declarativo y cómo me daba explicaciones tranquilizadores para seguir una deriva con la que no estaba conforme ni feliz. La frase a la que me refiero dice relación con mi incapacidad, en ese entonces, para darme el regalo de vivir mi vida laboral como yo la soñaba y, en cambio, emplearme una vez tras otra en algo que no me llenaba el alma, explicándomelo como que “había un brazo invisible que me llevaba a emplearme”.

Trabajando como Ingeniero sentía que tenía mucha suerte porque, pese a que jamás postulé a una oferta laboral, nunca me faltó trabajo. Al contrario, siempre me llamaban con una u otra propuesta y, tras participar en el proceso de reclutamiento y selección, finalmente quedaba. Muchas personas a mi alrededor concebían esos trabajos como muy buenas oportunidades; sin embargo, no eran trabajos alineados con mis sueños y mi forma de concebir la vida. Es así, que eso que antes miraba como suerte, de lo cual -aclaro- estoy muy agradecida, lo interpreto hoy como la consecuencia de falta de protagonismo en mi propia vida.

Crecí en una familia en la que vi a mis padres reinventarse una vez tras otra y, dado eso, conocí las ventajas de ser independiente, pero también me familiaricé con ciertas fragilidades que experimenté en ese escenario. De ahí que creo que una parte de mi alma se aferraba a la independencia, mientras que otra buscaba lo firme y estable.  Así fue como por mucho tiempo quise emprender y reinventarme laboralmente, pero no me atrevía realmente.

Cuando por fin me había decidido a hacerlo (y aclaro desde ya que hay una diferencia significativa entre decidirse y hacerlo realmente), declarando que seguiría un camino laboral distinto al que había llevado hasta entonces, pensé en dar un salto por lo que postulé a un capital semilla que finalmente me adjudiqué y de este modo sentí que ¡por fin tenía todo listo!

Sin embargo, en el transcurso de esos días me llamaron para ofrecerme un nuevo trabajo en lo que solía hacer y acepté ir a la entrevista para ver qué pasaba, porque no me atrevía realmente a rechazarlo a priori, ya que en ese entonces no sabía sostener los potenciales costos que tiene un “no” (aunque tampoco a vivir la libertad que nos regala esa poderosa declaración). Además, tenía muchos miedos, como a que mis seres queridos me juzgaran de tonta o “mal agradecida” por no aceptar “tan buena oportunidad” y, en vez de eso, optar por un camino incierto en el que podía fallar.

Así fue como llegué a entrevistarme con el gerente del proyecto. Mi estrategia para no tomar el trabajo era pedir condiciones sobre mercado para que ELLOS me dijeran que no, así que estando allí establecí todas mis condiciones y, pese a eso, me dijeron que sí. Entonces, no tenía cómo explicarme de manera protagonista y consciente porqué estaba tomando un camino si mi corazón quería ir por otro y, recuerdo, que fue en ese momento que estrené aquella grandilocuente frase y me dije que “un brazo invisible” me llevó de vuelta al mundo que se supone no quería.

Escribir esto me da conciencia de cómo me posicioné en esos momentos como víctima  de las circunstancias y de lo desempoderada que me dejé a mí misma tras decirme aquello. Asimismo, me doy cuenta de mi incapacidad de ver ciertas cosas de mí misma y de mi dificultad de tomar las riendas de mi propia vida en ese momento.

De este modo, hoy mirando en retrospectiva, me pregunto ¿qué hubiera pasado si en ese entonces hubiese sido capaz de darme cuenta, por ejemplo, de mi incapacidad para decir no, de mi dificultad para reconocer y gestionar mis miedos y mis resistencias al cambio? ¿Qué hubiese pasado si hubiese podido escuchar la lucha que se batía en mi interior entre mi amor por la independencia y mi miedo a la inestabilidad? Tal vez -estoy elucubrando- me habría sido posible hacerlas conversar y ponerse de acuerdo. También, me pregunto ¿qué hubiera pasado si a aquello que yo llamaba “suerte” lo hubiese podido nombrar con dignidad y valentía como “las consecuencias de mi profesionalismo”, dándome con ello el mérito respecto a mi propio trabajo en vez de dejarlo sólo a las circunstancias? ¿O si en vez de haberme explicado aquello del brazo invisible hubiese dicho “me cuesta decir no” y aún no tengo las agallas de tomar el camino de la independencia?

Puede que incluso hubiese tomado las mismas decisiones y acciones que tomé y me hubiera empleado, pero lo que estoy segura que hubiese cambiado era cómo me sentía y el camino que tomé hacia adelante. En ese entonces, recuerdo, tenía una sensación de pesadez, de pequeñez e incluso de esclavitud y hoy entiendo que esa es la sensación que acompaña el tomar el lugar de víctima para habitar desde la resignación. Si bien yo había elegido, no lograba anclar en mí la sensación de elección y actuar en consecuencia. Fue así, que me expliqué la vida desde afuera en vez de hacerlo desde adentro, diciéndome que “existía un brazo invisible que me movía” como si yo fuese apenas la marioneta que un gigante movía a su antojo.

En cambio, me podría haber dicho, por ejemplo, “decido esperar un poco más antes de dar este nuevo paso” o “elijo darme algo más de tiempo porque aún no me siento preparada”, o tal vez, me podría haber preguntado ¿qué de mí me retiene en un empleo fijo en vez de emprender? ¿Qué de mí me limita? ¿Para qué me aferro a un trabajo que no me gusta? ¿Qué estoy cuidando con los pasos que doy (o no doy)? O, al revés, ¿qué estoy descuidando con estos pasos?

Pero sé que esto que planteo es un mero juego retórico, porque tengo la convicción de que momento a momento cada ser toma la mejor decisión que pudo tomar, así como estoy convencida también de que el poder escuchar nuestras disonancias cognitivas y emocionales, entre probablemente muchas otras razones que habitan nuestro subconsciente y nos limitan, puede abrirnos un mundo de posibilidades que nos permiten elegir en mayor conciencia y protagonismo las decisiones y acciones que nos llevarán paso a paso a caminar por la vida que queremos.

Sin embargo, todos tenemos, en mayor o menor medida, algo de ceguera cognitiva, un espacio desde el cual no podemos ver ciertos aspectos de nuestro propio ser y es tanto así que, incluso, estamos limitados desde la biología y no podemos vernos la espalda sin la ayuda de alguien o algo más. Fue así que mi ceguera de ese entonces me impedía darme cuenta de cómo a través de mi propio lenguaje estaba contribuyendo a crear mi propia realidad (fuese o no la realidad que yo quería).

Hoy, convencida del poder generativo de nuestro lenguaje, creo que el gran desafío consiste en estar lo suficientemente atentos y conscientes para darnos cuentas de si nuestra palabra aporta a construir el mundo que queremos para nosotros o no e, idealmente, ir incluso un paso adelante, eligiendo momento a momento una forma de hablar que nos empodere y contribuya a la construcción de los pilares para vivir día a día la vida que queremos.

Entonces, ¿“se te escapó de las manos” o “lo soltaste”? ¿“Vas a tratar” o “lo vas a hacer”? ¿“No puedes” o “no has podido aún”? ¿Es “esto o lo otro” o “esto y lo otro”? ¿“Te gustaría, pero tienes miedo” o “te gustaría e irás por ello aun con miedo”?

Ahora que ya sabes cómo tu lenguaje impacta en la realidad que vives a diario, ¿de qué te das cuenta? ¿Tú lenguaje te empodera o desempodera? ¿Qué cambios quieres hacer? ¿Qué te dirás de ahora en más y cómo describirás tu vida, tu mundo, los sucesos, etc.?

Si quieres generar cambios significativos en tu vida empezando por cambiar tu lenguaje y no sabes exactamento cómo hacerlo, te invito a contactarme en el correo anunez@thegeniuschoice.com

 

[1] Echeverría, R. (1994). Ontología del lenguaje (6ª Ed.). Santiago: JC Sáez Editor.

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