GESTIÓN EMOCIONAL, ¿QUÉ ES Y CÓMO LOGRARLA?

¿Alguna vez actuaste “tomado” por una emoción, lo que tuvo grandes costos para ti, pero a la vez, “no tuviste” otra opción, porque no sabías cómo gestionar lo que te estaba pasando? O bien, ¿te ha pasado que no sabes cómo se llamaba eso que estabas sintiendo? E incluso, peor aún, ¿ni siquiera sabías (y menos entendías) qué te estaba pasando?

Quienes me hayan leído anteriormente, sabrán que así como invito a mis lectores a la reflexión a través de preguntas, en muchas ocasiones extiendo esa invitación a observar el mundo emocional que les acontece y a actuar en conciencia de sus emociones y de los mensajes que estas traen, es decir, a gestionarse emocionalmente. Lo hago para promover estas acciones como dos herramientas que, a mi parecer, tienen un impacto positivo en el ser humano al “intencionar” nuestro retorno reflexivo y desarrollar una mirada crítica ante distintas situación que estemos viviendo. Asimismo, para entregar la posibilidad de auto-indagarnos para encontrar nuestras propias respuestas movilizadoras. Sin embargo, en el caso de la gestión emocional se requiere conocer algunas distinciones esenciales acerca del mundo emocional. Por ello, es en estas distinciones que deseo enfocarme hoy.

En ese sentido, me resulta relevante aclarar algunos aspectos básicos: primero, qué significa gestionarse emocionalmente y, segundo, distinguir desde ya que este concepto no significa en absoluto controlar el mundo emocional que nos acontece ni mucho menos reprimirlo, sino tomar conciencia de este para actuar, en consecuencia, con ecuanimidad para que nuestras acciones sean lo más asertivas posibles.

También,  quisiera agregar como contexto que la gestión emocional es una habilidad que, como la mayoría, requiere de tiempo y práctica aprender y desarrollar. Por lo tanto, mientras antes nos pongamos comprometidamente “manos a la obra”, antes también podremos comenzar a disfrutar de sus resultados.

Respecto a esta temática, quiero tomar como referencia el modelo que aprendí mientras me formaba en felicidad organizacional al alero de Ignacio Fernández, reconocido psicólogo chileno y autor del libro Felicidad Organizacional y del modelo que aquí les comparto, en el que plantea que una adecuada gestión emocional consta de al menos cinco pasos[1]:

  1. Detenerse para sentir la emoción.
  2. Ponerle nombre a la emoción.
  3. Identificar el mensaje (positivo) de la emoción.
  4. Dejar ir la carga de intensidad de la emoción.
  5. Reflexionar y decidir qué hacer con el mensaje que trae la emoción en el contexto específico en que estoy.

Por lo tanto, esta habilidad requiere, como un primer paso, tomar conciencia al menos de que “algo” nos está aconteciendo, tomándonos  una pausa para conectar con aquello que nos sucede.

Luego, un siguiente paso, consistirá en distinguir desde el mundo emocional qué es exactamente aquello que nos está pasando, para lo cual es clave darse cuenta de lo que nos está sucediendo tanto a nivel físico como cognitivo, para luego vincular eso a una determinada emoción que es necesario nombrar. Haciendo una analogía con el mundo empresarial en el que se dice que “lo que no se mide, no se gestiona”, desde el mundo emocional “lo que no se nombra también resulta difícilmente gestionable”. Es así que, mientras en el primer pasó decimos “algo” pasa, en el siguiente nos enfocamos en decir qué es ese algo. Por ejemplo, al distinguir que me siento más bien lánguida, que me muevo hacia la introspección y que tengo la sensación de haber perdido algo valioso, entonces podré darme cuenta de que me siento triste y podré nombrar, en consecuencia, la emoción de la tristeza. Al respecto, me parece importante complementar con que al decir nombrar me refiero al acto interno de identificar y que, por tanto, no necesariamente se traducirá en una conversación pública o algo que se haga a viva voz.

Un tercer paso luego de identificar la emoción que estoy sintiendo, es reconocer su mensaje, qué me dice esta emoción y por qué aparece. Mientras tanto, es relevante no dejarse llevar por el primer impulso de la emoción que estamos sintiendo, evitando así el desborde, el ímpetu excesivo y, en general, todos aquellos costos que comúnmente atribuimos a las emociones, que, sin embargo, son consecuencia de nuestra inadecuada gestión emocional. Tal como les comentaba en el artículo anterior acerca del miedo, las emociones no son ni buenas ni malas, ni positivas ni negativas, sino simplemente, así como respirar, son “mecanismos” que están al servicio de nuestra adaptación y subsistencia. Es en tomar conciencia de aquello y darse el tiempo necesario para lograr vincularnos con la emoción desde la ecuanimidad en que consiste el cuarto paso.

De este modo, una vez aquietado el éxtasis de la alegría, el arrebato de la rabia, la aprensión del miedo o cualquiera sea la intensidad de la emoción que me “toma”, podré dar un nuevo y quinto paso que tiene que ver con elegir qué hacer ya en conciencia de aquello que me pasa y para qué me pasa. Siguiendo el ejemplo de la tristeza, podría decidir llevar a cabo múltiples acciones; por ejemplo, hacer como si no me sintiera triste para sostener por un tiempo acotado mi presencia en un determinado contexto, dejar aflorar el llanto, o bien, reconocer que me equivoqué con aquello que hice y disculparme con ese buen amigo que se vio afectado por mi actuar.

Para evaluar que la acción que he decidido emprender ha sido asertiva y que he logrado una adecuada gestión emocional, será necesario, a la vez, evaluar si la acción ha sido idónea al contexto. Al respecto, manteniendo el ejemplo de la tristeza, dejar emerger el llanto para ser contenida en un contexto psicológico seguro en el que, además, técnicamente sea posible, puede ser una acción más asertiva que hacerlo en medio de una demostración de rally en la que yo soy el piloto que debe conducir a alta velocidad y maniobrando en trompos. Asimismo, no es el mismo contexto si yo soy el facilitador de un espacio versus si asisto como participante, o bien, si soy el piloto o el pasajero de un avión.

Observando la gestión emocional como un proceso de aprendizaje y, en ese sentido, comparándolo con aprender a conducir, podríamos decir que al principio es necesario pensar por partes, estableciendo cuál es el pedal de freno, el embrague o acelerador, entre otras muchas partes del vehículo. Asimismo, es necesario aprender qué pasos debo seguir, a qué debo estar atenta en la conducción y a reconocer los desplazamientos del vehículo, entre otros aspectos que en un principio requieren de mucho tiempo de práctica; además de hacerlo idealmente en espacios acotados donde lo riesgos estén minimizados y en compañía de alguien, hasta que pronto vamos incorporando todo, de modo que podemos sostener una ejecución automática, segura y efectiva.

Pareciera, entonces, que fuese una larga tarea y sí, sobre todo al principio requiere de tiempo, porque por lo general no nos educan para conectar con nuestras emociones, incluso, me atrevería a decir que, muy por el contrario, nos educan para desconectarnos. Por lo tanto, ya siendo adultos gestionarnos emocionalmente conlleva en muchas ocasiones un gran esfuerzo que implica, entre otras acciones, aprender a reconectar con las emociones y a silenciar los juicios que hemos aprendido respecto de estas. Por ejemplo que “las emociones no sirven para nada”, que “nublan el juicio” o que “las mujeres enojadas se ven feas” y que “los hombres no lloran”.

Entonces, si consideramos que este aprendizaje sucede en gran medida cuando ya somos adultos, ya que de niños poco y nada se nos enseñó acerca de nuestros mundos emocionales, entonces el desafío es mayor, ya que no tenemos entrenada nuestra plasticidad emocional, esa habilidad natural que tienen los niños para pasar de la tristeza que sienten por la partida de mamá a enojarse por la rabia que les genera un no y/o al miedo que les da la oscuridad y la alegría que les produce la llegada de la abuela. Todo lo anterior en menos de 10 minutos, como si “aquí no hubiese pasado nada”.

De este modo, el desafío es que tras el entrenamiento comprometido y constante la gestión suceda -tal como les digo metafóricamente a mis coachees- en un “micro segundo”. Sin embargo, más allá de enfocarnos solamente en el tiempo en que sucede, a mi parecer, la relevancia es enfocarse en el resultado. Esto, dado que una adecuada gestión emocional nos permitirá hacer de las emociones no solo mecanismos adaptativos de sobrevivencia, sino buenas amigas y consejeras, permitiéndonos tomar acciones cada vez más asertivas en la medida que seamos capaces de tomar conciencia de éstas, de reconocer su valioso mensaje y de actuar en consecuencia.

Volviendo al planteamiento de Fernández, y acotando la secuencia, podríamos llevar la gestión emocional a tres pasos, en los que (i) siento, (ii) pienso y (iii) actúo. Es decir, identifico qué me está pasando, tomo conciencia del mensaje y, luego, decido actuar.

Entonces, tomando como referencia el modelo de gestión emocional planteado y llevándolo a un mapa de preguntas que guíe nuestra toma de conciencia y autogestión, propongo auto-indagarnos mediante algunas interrogantes como:

  • ¿Qué me está pasando? Ej.: Me late rápido el corazón, estoy transpirando, no quisiera estar aquí,
  • ¿Cómo se llama esto que estoy sintiendo? Aquí, el desafío consiste en nombrar una emoción diciendo algo distinto a “siento lata” y con mayor profundidad que señalar que nos sentimos “bien” o “mal”. Al respecto, como una especie de set básico emocional, propongo mirar y nombrar preguntándonos si aquello que siento se relaciona con la rabia, la alegría, el miedo, la tristeza, la ternura o el amor, algunas de las emocionas que más comúnmente trabajo con mis coachees en sus procesos de coaching. Así, por ejemplo, sin ser expertos podríamos asociar, como lo hice en el artículo del miedo, que la ansiedad se vincula a esta emoción, al igual que la frustración se relaciona a la rabia, la melancolía a la tristeza o la euforia a la alegría.
  • Un siguiente paso sería preguntarse: ¿de qué da cuenta la emoción que estoy sintiendo? ¿Qué mensaje me trae? ¿Dado qué aparece? ¿A qué me mueve dicha emoción?
  • Luego, para tomar conciencia del nivel de intensidad que estoy viviendo y escuchar en función de esto si es momento o no de actuar, puede resultar relevante hacernos preguntas del tipo: ¿qué pasará si intento respirar? ¿Será necesario “conversarlo con la almohada”? ¿Será momento de actuar o de tomar una decisión en este mismo momento?
  • Una vez que hemos recorrido todo ese camino, finalmente pasar a una acción que sea un correlato entre lo que sentí, logré pensar y entender acerca de lo que me estaba pasando. Aquí, una pregunta relevante podría ser ¿Qué acción llevaré a cabo dado lo que estoy sintiendo?

Del mismo modo, para empezar un proceso de auto-entrenamiento en gestión emocional en el que, además, generemos un diagnóstico respecto al cual establezcamos una línea base en términos de las distinciones y mapas emocionales que manejamos, de modo de continuar ampliándolo, creo relevante hacerse algunas preguntas como: ¿qué emociones conozco? ¿Cuáles tengo disponibles (cuáles no)? ¿Qué juicios tengo sobre las emociones en general? ¿Qué juicios tengo sobre tal o cual emoción en particular? ¿Qué emoción me produce una determinada emoción (Ej.: me da tristeza sentir rabia o vergüenza sentir miedo, etc.)?

Al fin y al cabo, hace mucho que dejó de ser una doctrina incuestionable el que solamente “pensamos y luego existimos” y hoy esta consigna convive con muchas otras que validan cada vez más el mundo de las emociones. Desde el ejercicio del liderazgo, por ejemplo, es fundamental aprender a autogestionarse en muchos aspectos, incluyendo la relación que sostenemos con los demás, pero sobre todo, con nosotros mismos, de ahí que reconocer el mundo emocional que acontece a quien lo ejerce será, en gran medida, determinante en las acciones que lleve a cabo. Después de todo, emoción quiere decir “lo que me mueve a” o, en otras palabras, lo que me predispone. Entonces, si no logro conocer mi mundo emocional y conectarme con este, el riesgo es que mi actuar sea comparable al de una veleta, en la que el viento me mueve y me lleva a ir de un lado a otro, sin más control. En ese sentido, además, si desde ya validáramos el postulado del Dr. Daniel López Rosetti[2], respecto a que “no somos seres racionales, sino seres emocionales que razonan”, entonces ¿qué esperamos para ponernos manos a la obra y aprender desde ya a gestionar nuestras emociones como aquello que nos constituye?

Si te gustó este artículo y crees que le puede servir a alguien más, te invito a recomendarlo, comentar y/o compartirlo. También, si quieres recibir más información acerca de mis publicaciones, puedes seguirme en LinkedIn, o bien, inscribirte en este blog.

 

 

 

Soy Anlleni Núñez y acompañarte a lograr tu máximo potencial, es uno de mis mayores propósitos.

 

 

 

[1] Fernández, I. (2015). Felicidad Organizacional (1ª Ed.). Santiago: Ediciones B.

[2] Médico y autor del Libro “Emoción y sentimientos” (Editorial Ariel, 2018).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.