CUANDO DOS ALMAS SE CONECTAN DESDE LA VULNERABILIDAD

Hace unos días, escribí acerca de “Algunos peligros de confundir grandeza con arrogancia y pequeñez con humildad”, un tema relevante para mí. De este modo, justamente dado el impacto que la temática había tenido en mi vida, me sentía doblemente desafiada a lograr evocar con claridad el fenómeno que quería plasmar. Asimismo, escribiendo acerca del tema me vi una vez más encarnando el fenómeno y temiendo enfrentarme nuevamente a mi pequeñez y a mi arrogancia.

Entonces, la inseguridad que me daba tocar nuevamente esos lugares, me impedía soltar lo que estaba escribiendo y darlo por terminado, de modo que le pedí feedback a una amiga para que me acompañara a sostener aquella publicación. Entonces, le compartí el escrito, agregando una especie de pedido que venía desde mis más profundos e innumerables miedos (a no hacerlo bien, a “no dar el ancho” e incluso a no ser querida y tanto más). El enunciado del mail decía así: “Te pido que sea con cariño, porque aunque pareciera que no me cuesta abrir mi mundo, siempre es un desafío”. Luego del envío me quedé reflexionando y me di cuenta de que estaba experimentando al máximo mi vulnerabilidad. Me emocionó, entonces, percatarme de cómo al servicio de algo que yo juzgaba más grande, era posible para mí permitirme habitar ese espacio en el que aun percibiendo que había riesgos (reales o supuestos) no perdía de vista que había tanto más por ganar.

Por su parte, mi amiga tras leer lo que le había compartido, respondió a mi correo regalándome no solo su mirada, sino también dándome permiso para apreciar su mundo interior en un escrito en el que vi materializarse todas esas distinciones que en la publicación, desde la distancia (y el resguardo) de lo teórico, pudieron haber parecido aún lejanas. El texto de mi amiga decía así:

“Leyendo el artículo empecé a pensar en mí, en mi arrogancia, dónde la aprendí y se me apareció el miedo… Yo había aprendido a esconderme en mi arrogancia por miedo a ser insuficiente y ¡a no tener nada que ofrecer! Había construido un personaje arrogante, que se sentía superior a los demás para ocultar mi pequeñez… La arrogancia me protegía del dolor de no ser elegida como cuando de niña se armaban los equipos para jugar a las naciones.  Reconozco que ante ese evento de niña, al ser la última para integrar un equipo, o bien, ni siquiera ser elegida porque ya no quedaban más opciones, afloraba la vergüenza ante lo que juzgaba un escrutinio público de mi incapacidad e insuficiencia, además de sentir que quedaba al descubierto ante todos de mi falta de valor.

Hoy miro con compasión y ternura a esa niña, a mi niña, quien vivió esa experiencia, le dio una explicación y construyó una muralla que la separó del mundo como una forma de cuidarse y protegerse de lo que juzgó cruel y amenazante. Al respecto, me pregunto: ¿cuántos arrogantes que andan por todas partes habrán vivido una experiencia de insuficiencia que los llevó al igual que a mí a construir personajes para pararse de alguna manera en un mundo competitivo donde aprendimos que sólo caben los mejores, los exitosos y dónde sólo vale ganar?

Hace un par de meses en un programa avanzado de coaching y parada frente a la sala con más de 50 personas me encontré con mi incapacidad de hablar de mis sueños, de mis proyectos y de mis logros. Me fui viendo y sintiendo incapaz de sacar la voz, sintiéndome pequeña como esa niña de antaño. Reconocí, entonces, una vergüenza arraigada en mí, dado aquellas experiencias frente a los ojos de los amenazantes otros y pude darme cuenta de que en ese momento dicha emoción se había anclado en mí y me impedía mostrarme frente a otros y regalarme, compartir mis dones, ser oferta y conectar con mi grandeza, ya que había aprendido a aparecer en el mundo desde mi escudo de arrogancia y no sabía cómo compartirme de manera genuina con otros.

Pude también reconocer cada vez que hablando de mí me ha temblado la voz, se me ha acelerado el corazón y me he ruborizado como resultado del miedo a ese lugar de desnudez nuevo y desconocido y a no vestir el traje de la arrogante inteligente que me protege del miedo y la vergüenza de no tener suficiente que ofrecer para que me elijan, me acepten y al final de cuentas me quieran. De este modo, ese no saber cómo conectar y darle espacio a la grandeza en mí me había arrebatado las posibilidades de aparecer y brillar, de caminar con libertad de ser y elegir.

El haber hecho a la arrogancia mi aliado en donde anclé mis fortalezas, hoy me estaba impidiendo aparecer de manera genuina y libre y, en ese minuto, frente a la sala me conecté con el coraje que requiere caminar con miedo y le agradecí a la arrogancia por haberme acompañado tantos años y la solté. Entonces me quedé ahí temblando, abrazando mi desnudez y vulnerabilidad, y poco a poco fui atreviéndome a conectar con los ojos de aquellos otros que ya no me parecieron amenazantes, sino quienes me invitaban de muchas maneras diferentes a experiencias compartidas y a explorar posibilidades.

Hoy abrazo mi grandeza con todos sus colores y  regalos y la anclo en mi yo genuino, en mi vulnerabilidad, en mi desnudez, “ofreciendo-me” como una posibilidad para mí y para otros, con libertad de ser y aparecer cuando así lo elija y aceptando la libertad de los otros también de elegir, de elegirme y de no elegirme también.

Hoy elijo aparecer desde un lugar que ya no requiere de arrogancia para esconder su pequeñez sino que abraza su genuina grandeza con coraje, libertad y con la humildad que para mí significa reconocer que yo me constituyo en otros y con otros, sin pretensiones ni apariencias, desde el lugar genuino de compartirme y regalarme”.

El relato de Vivi en respuesta a mi correo me regaló una nueva reflexión acerca de lo que es posible cuando dos o más almas se conectan desde la vulnerabilidad y -aunque lo diga con pudor- también desde la grandeza.

Creo que la conversación que se dio entre ella y yo venía desde el centro de su vulnerabilidad y de la mía, lo que en su caso le permitió compartirse genuinamente, sin máscaras, así como aceptar -sin más resistencia- aquello que le sucedía y abrirlo a alguien más para aparecer ante el mundo desde lo más íntimo de su ser. En el mío, me ha permitido abrirme a la posibilidad de hacer lo que amo, atreviéndome a dar un salto más allá de mí misma para ponerlo al servicio de algo que creo más grande, lo que ha significado, a su vez, dar un gran paso desde lo profundamente íntimo a lo colectivo, ya que desde niña escribí siempre solo para mí, como un espacio de reflexión que me permitía comprender el mundo que por aquel entonces no entendía (y que muchas veces aún no entiendo). De este modo, creyendo, además, que no podía comunicar en conversaciones lo que sentía y lo que me acontecía, me refugiaba en la escritura para no explotar de todo lo que me guardaba.

Así, pasar de un espacio tan privado a uno más público ha requerido de mucho coraje, de encontrar un lugar en mí desde el que pudiese compartirme sin miedo a todo lo que soy, incluyendo en ello todas mis luces y todas mis sombras, además de darle sentido y otorgar propósito a aquello que estaba haciendo.

Brené Brown, en su charla TED: “El poder de la vulnerabilidad”, explica que la vulnerabilidad surge como resultado de “dejarnos ver de verdad”, a la vez que es el núcleo de emociones como la vergüenza y el miedo, como lo es también de la conexión, la dignidad, el amor, la pertenencia y la creatividad. Asimismo, explica que no es posible desconectar la vulnerabilidad de manera selectiva para una sola emoción y que por tanto, cuando buscamos insensibilizarnos de la vulnerabilidad que nos produce alguna emoción que puede resultar displacentera como la vergüenza, entonces, lo hacemos también de la que nos regalan las demás emociones como la dicha y la gratitud.

En ese sentido, abrirle mi corazón a Vivi permitió que ella se conectara con mi vulnerabilidad y, en consecuencia, aquello contribuyó a que ella pudiera mostrarme también el suyo, así como su propia vulnerabilidad. De este modo, se gestó el diálogo que aquí les compartimos, como un nuevo paso en nuestro aparecer y “dejarnos ver de verdad”, en este camino de desafiarnos a nosotras mismas como parte de nuestro compromiso y anhelo más profundo por aprender y aportar.

En resumen, creemos que sostener un espacio de vulnerabilidad es atreverse a hacerle frente a la incertidumbre que se hace presente en cada paso que damos por el solo hecho de vivir, transitar por la vida sin manual, dejándonos llevar por el coraje que moviliza aquellos anhelos que vienen desde lo más recóndito de nuestro corazón, porque tocar la vulnerabilidad es también conectarnos con el protagonismo de guiar nuestro propio velamen y así, pase lo que pase, cueste lo que cueste, al servicio de algo más grande y que trasciende nuestro propio ser… En definitiva, guiar nuestro barco hacia el puerto que nos propongamos.

Esto hace que se nos aparezcan nuevas reflexiones e interrogantes, como ¿qué mundo sería posible si la vulnerabilidad fuese la forma cotidiana en que, minuto a minuto, los seres humanos eligiésemos conectar con otros? ¿Qué requerimos para hacer que esto sea posible? ¿Cómo podríamos hacer que aquello suceda? Asimismo, ahora que ya conoces más acerca de la vulnerabilidad, te invitamos a reconectar con el poder del protagonismo. Al respecto, ¿qué estás necesitando para permitirte tocar tu vulnerabilidad? ¿Cómo podrías regalarle a tu alma la posibilidad de vivir desde toda tu grandeza?

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NOTA: Esta columna la hemos escrito en colaboración, Viviana Echeverría Z. y quien suscribe, Anlleni Núñez Q., desde una propuesta colaborativa en la creación de contenido que aporte a promover el coaching como una disciplina relevante para generar nuevas formas de aprender. Asimismo, a través de esta columna, queremos contribuir a difundir esta disciplina, además de facilitar y diversificar su acceso, acompañando a través de reflexiones y preguntas que promuevan un retorno reflexivo que conecte tanto con los dolores e inquietudes como con la propia motivación, a dar los primeros pasos en el camino protagonista de diseñar cada uno, momento a momento, la vida que quiere para sí.

 

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